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Tener una idea genial y pensar que ya tenemos salvada la empresa puede ser una gran equivocación.

Dar con una idea aparentemente innovadora no tiene demasiado valor. Lo realmente importante es que esa idea sea un buen negocio. Si lo contrastamos internamente o con familiares y amigos podemos sacar conclusiones irreales. ¿Cómo no van a elogiarlo los propios creadores o personas de su entorno?

Lo primero sería contrastar la nueva idea con personas cualificadas que no duden en aflorar sus puntos débiles con el propósito de mejorarlos. Lo segundo sería testar esa idea en el mercado con un estudio de campo. Preguntar directamente a las personas que conforman el público objetivo es la mejor manera de comprobar si la nueva idea gusta o no. La mayoría de empresas fallan en este punto. Principalmente por pereza; no gustan de salir de la oficina para patearse la calle.

Una vez tenemos contrastada la idea innovadora hace falta un buen plan de negocio que convierta esa idea en valor económico para la empresa. El valor sólo se creará cuando se ejecute ese plan. Ese plan debe ser contrastado interna y externamente. Hay que explicarlo y si no convence plenamente en los tres planos, comercial, financiero y operacional, puede que no sea tan buena idea como se pensaba.

Suponiendo que hemos pasado con nota todos los exámenes anteriores hay que tener en cuenta que el hecho de que seamos los primeros en sacar esa nueva idea al mercado no nos garantiza el éxito. Hay que asegurarse de que vamos a ser los primeros en conquistar la mente del consumidor. Ese es el que va a ganar de verdad. Ser el primero en llegar nos da una ventaja pero si llega otro y consigue conquistar la mente del consumidor, estamos perdidos.

Antes de jugarnos la supervivencia de la empresa en un nuevo proyecto hemos de estar preparados para contrastarlo con expertos, salir de la oficina para hablar con los posibles clientes, hacer un plan de negocio y contrastarlo y prepararnos para luchar fuerte para conquistar la mente del consumidor.

Así de fácil, así de difícil.

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Las pequeñas y medianas empresas tienen los mismos problemas que las grandes, pero no el mismo nivel de recursos financieros o humanos para resolverlos. En muchos casos se requieren conocimientos  concretos que no se tienen dentro de la empresa, ya que sería impensable tener recursos fijos que sólo serían necesarios una parte del tiempo.

Esto significa que de alguna manera van quedando rezagadas y con desventajas competitivas.

Ante estos desafíos la mayoría de las empresas hacen dos cosas: quedarse paradas o hacer gala de múltiples estrategias para salir adelante que en muchos casos no son las correctas.

Lo que aporta valor a las empresas, y algunas de ellas ya se han dado cuenta, es buscar en el exterior ese conocimiento que les falta. Para ello deben ser conscientes de que tienen un problema y lo segundo buscar en el exterior el apoyo de quienes realmente pueden aportarle el conocimiento que falte para dar con las estrategias que realmente consigan diferenciarse de sus competidores, diseñar y definir los productos y servicios que sean valorados por los clientes y tomar las decisiones pertinentes para alinear toda la empresa según el modelo de negocio que permita tener éxito.

Las pymes están adquiriendo cada vez más servicios profesionales ya que les permite acceder a un conjunto de competencias que no están disponibles en sus organizaciones y, al mismo tiempo, poner foco en su núcleo de negocio y poder transformarlo.